Adios queridísimo 53
Hoy he tenido mi cita mensual con mi ortodoncista. Todo ha sido normal y rutinario, abrirte la boca, soltarte hierros, apretartelos y demás torturas que se os ocurra. Todo, hasta que, observando y observando, me ha dicho: “Va llegando ya el momento de que te quites tu 53, que ya va estorbando”. Se me ha venido el cielo encima
¡Ay! ¡Mi 53 no! ¿Que le ha hecho al resto del mundo, para tener un final así? Si es un dientín sin importancia, que no molesta a nadie. A ti querido lector, ¿te molesta mi 53? Y a ti, estimada lectora, ¿te molesta? Pues a mi tampoco. Si no lo sabeís, estoy realmente encariñado con mi 53. Es mi diente favorito, pequeño, discreto, a veces parece como ausente. Es el diente con el que he tenido más relación. De hecho, él y yo, somos los que llevamos más tiempo juntos. El ha pasado lo peor, vio como sus primeros compañeros fueron desapareciendo poco a poco, para ser sustituidos por unos más grandes y bonitos. El resto de dientes siempre le han tenido envidia, siempre han querido hacerlo desaparecer, pero él ha luchado, y ha sobrevivido hasta estos días. ¡Ay! Mi pequeño colmillo de leche, si de leche… ¡¿qué pasa?! Que para mala leche la del ortodoncista…
¿Todo para qué? Para poder seguir con mi tratamiento, del que resto de dientes se van a beneficiar. Es verdad que el bien de la mayoría compensa el mal de la minoría (en este caso mi queridísimo 53), pero le voy a echar de menos.
Lo peor y más doloroso de todo es, que cuando termine con mi ortodoncia, y me quiten los hierros, voy a tener que ponerme un 53 de mentira, uno que luzca lustroso, será mucho más atractivo que mi 53 de ahora, pero yo nunca lo querré como al que van a hacer desaparecer.

Aquí podeís observar el diente que me van a extraer
53, viejo amigo, mi futura mella y yo te echaremos de menos. Que te trate bien el Ratoncito Pérez. Adios y buen viaje.

Ya estamos de vuelta por aquí, esta vez para presentaros un gran grupo de rock:


